Robert Morris El poeta que llevó la masonería a las entrañas de la tierra
Había piedras que esperaban desde el tiempo de Salomón. Y un hombre que cruzó medio mundo para encontrarlas. Lo que ocurrió bajo Jerusalén el 13 de mayo de 1868 no fue solo un ritual. Fue un regreso.
Robert Williams Peckham nació el 31 de agosto de 1818, probablemente en Nueva York. Huérfano a los siete años, fue acogido por la familia Morris, cuyo apellido adoptó para siempre. Creció entre libros y escuelas, formándose como maestro en un país donde la frontera avanzaba hacia el oeste y las ideas lo hacían hacia el futuro.
Enseñó durante una década. Se casó con Charlotte Mendenhall en 1841, en Oxford, Mississippi, donde trabajaba en el Mount Sylvan Academy, una escuela fundada por masones. Era un hombre quieto, reflexivo, con una pluma que ya entonces buscaba algo más que el aula. La escritura sería su verdadero hogar.
Lo que nadie sabía aún es que ese maestro sin nombre propio estaba a punto de convertirse en uno de los masones más influyentes de su siglo.
El 5 de marzo de 1846, Robert Morris fue iniciado en Oxford Lodge No. 37, Mississippi. Tenía 28 años. La masonería lo absorbió con una intensidad que pocos han igualado. En doce años escaló hasta convertirse en Gran Maestro de la Gran Logia de Kentucky, cargo que ejerció en 1858 y 1859.
Pero su contribución más duradera fue otra: creó el ritual fundacional de la Orden de la Estrella del Oriente, la primera organización masónica que abría sus puertas a las mujeres. Lo llamaron "masonería de enaguas." Él siguió adelante.
En 1868, la fraternidad masónica de Estados Unidos recaudó fondos para enviarlo a Tierra Santa. Morris viajó a Oriente Medio en busca de huellas de la masonería antigua. El 13 de mayo de ese año, reunió en la Cueva de Sedecías, conocida como las Canteras del Rey Salomón, a un puñado de masones: Charles Warren, arqueólogo inglés y futuro primer Venerable de Quatuor Coronati; el gobernador turco de Jaffa, Noureddin Effendi, miembro de una logia parisina; el cónsul prusiano en Jerusalén, Henry Petermann; el vicecónsul estadounidense R. Beardsley; y varios oficiales del buque de guerra británico Lord Clyde, anclado casualmente en Jaffa.
Bajo las piedras de Jerusalén, en una caverna que según la leyenda proporcionó los bloques silenciosos del Templo de Salomón, se celebró el primer acto masónico documentado en Tierra Santa: una ceremonia del grado Secret Monitor.
Posteriormente logró constituir la Royal Solomon Mother Lodge No. 293, primera logia regular en territorio de lo que hoy es Israel.
Morris escribió más de cuatrocientos poemas a lo largo de su vida. Su obra más conocida, The Level and the Square, de 1854, sintetiza con sencillez el ideal masónico de igualdad y fraternidad. En 1884, medio millón de masones de todo el mundo peticionaron para que fuera nombrado Poeta Laureado de la Francmasonería, honor que no se había concedido desde la muerte de Robert Burns en 1796.
Sentado a orillas del Mar de Galilea escribió el himno O Galilee, prueba de que en Morris convivían el rigor documental del investigador y la sensibilidad del poeta. Su libro Freemasonry in the Holy Land, publicado en 1872 al regreso de su expedición, sigue siendo una fuente primaria irremplazable.
Morris representa algo que la masonería necesita recordar: que el simbolismo no vive solo en los templos. Vive en las piedras, en los viajes, en la búsqueda activa. Descender a las canteras no era nostalgia. Era un acto de fe en que el origen importa, en que tocar la roca con las manos tiene sentido aunque hayan pasado tres mil años.
Su apertura hacia las mujeres en la Orden de la Estrella del Oriente lo convierte, también, en un precursor de debates que la masonería contemporánea no ha cerrado. Un hombre del siglo XIX que hoy seguiría incomodando a los que prefieren las puertas cerradas.
Murió paralizado, el 31 de julio de 1888, en La Grange, Kentucky. La misma tierra que le dio nombre. Sobre su tumba, el compás y la escuadra en un lado. La Estrella de cinco puntas en el otro. Dos mundos que él se empeñó en unir. No sé si lo consiguió del todo. Pero bajó a las canteras a intentarlo, y eso, hermano, ya es mucho.


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