Alexander Pushkin El exiliado que firmó su iniciación con tinta y duelo

 Un hombre con sangre africana, título de nobleza y versos que el zar quería quemar. Un poeta exiliado que eligió iniciarse en una logia llamada como el poeta romano más célebre del exilio. Esto no es casualidad: esto es Pushkin. Y esto es masonería.



Alexander Pushkin nació en Moscú el 6 de junio de 1799. Su linaje era un mapa de Rusia: nobleza eslava desde el siglo XII, sangre escandinava y alemana por vía materna, y —el dato que él mismo llevaba como cicatriz orgullosa— un bisabuelo africano. Abram Gannibal fue capturado en la infancia y regalado a Pedro el Grande como objeto exótico. Pedro lo educó, lo hizo general. Pushkin lo convirtió en leyenda, en novela, en identidad. Desde niño supo que era un hombre de fronteras: entre Oriente y Occidente, entre servidumbre y privilegio, entre el verso y la espada.

Estudió en el Liceo Imperial de Tsárskoye Seló, donde su talento desconcertaba a los maestros. A los dieciséis, los poetas veteranos le declaraban admiración. A los veintiuno, el gobierno lo quería en Siberia.


En 1820, Pushkin pagó el precio de su pluma. Sus versos sobre la libertad irritaron al zar Alejandro I. El exilio a Siberia se conmutó, por intercesión de amigos, por un traslado a Chișinău, capital de Besarabia. Periferia del Imperio. Tierra de gitanos, viñedos y olvido.

Allí, el 4 de mayo de 1821, ingresó en la Logia Ovidio. El nombre no era casual: Ovidio, el poeta romano desterrado por Augusto a las orillas del Mar Negro, había muerto a pocos kilómetros de ese lugar dieciocho siglos antes. Pushkin lo sabía. Lo había escrito. Era un exiliado iniciándose en una logia que llevaba el nombre del más famoso exiliado de la literatura universal. La historia tiene a veces una geometría perfecta.

La logia fue irregular desde su nacimiento. Nunca recibió instalación oficial de la Gran Logia Astrea. Dejó de operar en noviembre de 1821. El 1 de agosto de 1822, el zar prohibió todas las logias en Rusia. Su experiencia masónica duró menos de un año. Y sin embargo la reivindicó hasta el final: en carta a Vasili Zhukovski escribió: "Era masón en la logia de Kishinev".


El pensamiento de Pushkin y la masonería compartían una misma fiebre: la libertad como valor absoluto. Sus poemas de Chișinău —La daga, La guerra, Eleutheria— son manifiestos disfrazados de verso. La francmasonería rusa del siglo XIX no era solo un rito; era una red de intelectuales que soñaban con reformar un Imperio calcificado. Pushkin no fue un masón devoto ni disciplinado. Fue algo más interesante: un poeta cuya obra era ya masónica antes de cruzar el umbral. Libertad, razón, fraternidad. Eso escribía. Eso vivía. Eso le costó el exilio.


Murió el 10 de febrero de 1837, a los treinta y siete años, en duelo. Le había disparado un oficial francés que cortejaba a su esposa. Rusia lloró. El zar ordenó un entierro discreto para evitar manifestaciones populares. Incluso muerto, Pushkin era peligroso.

¿Por qué importa Pushkin a la masonería de hoy? Porque encarna la paradoja que la institución debería recordar: el masón imperfecto puede ser más fiel al espíritu que el masón impecable. Bebía, jugaba, batía duelos, amaba y escribía sin freno. Pero en cada verso defendió lo que el compás y la escuadra simbolizan: que el ser humano puede construirse con razón y dignidad. En una Rusia que negaba la libertad a sus siervos, eso no era literatura. Era subversión. Era masonería pura.



Hay una simetría que me persigue desde que conocí esta historia. Ovidio murió exiliado en las orillas del Mar Negro. Pushkin fue iniciado masón en esas mismas orillas, dieciocho siglos después, en una logia que llevaba su nombre. Y Pushkin también moriría joven, también vigilado, también incómodo para el poder. Como si la historia quisiera decirnos algo: que los poetas libres siempre pagan un precio. Y que ese precio, a veces, es lo único que los hace inmortales.






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