Gerald R. Ford El presidente que nadie eligió y la logia que sí lo reconoció
Tuvo tres nombres distintos antes de convertirse en presidente. Pero en una logia de Washington D.C., la noche del 18 de mayo de 1951, nadie le preguntó cómo se llamaba. Solo qué era capaz de sostener.
Nació con un nombre que nadie recordaría. Leslie Lynch King Jr. vino al mundo el 14 de julio de 1913 en Omaha, Nebraska. Su padre biológico abandonó el hogar apenas dieciséis días después del parto. Su madre, Dorothy, rehízo su vida en Grand Rapids, Michigan, y se casó con Gerald R. Ford, un vendedor de pinturas que dio a ese niño sin nombre propio algo mucho más valioso que un apellido: un modelo de integridad cotidiana. El nombre no se legalizó hasta 1935. El carácter, mucho antes.
Ford creció en Grand Rapids, estudió en la Universidad de Michigan, donde brilló como jugador de fútbol americano y rechazó ofertas profesionales de los Detroit Lions y los Green Bay Packers para estudiar derecho en Yale. Sirvió en la Marina de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial con distinción. En 1948 fue elegido representante por Michigan, cargo que ejercería durante veinticuatro años consecutivos sin interrupción alguna. Era un hombre de centímetros cuadrados: sólido, confiable, sin brillos innecesarios ni ambiciones desbordadas.
En 1962 fue coronado con el grado 33° del Rito Escocés, y en 1968 recibió la Legión de Honor de la Orden DeMolay. La masonería no fue para Ford una colección de galones: fue, según sus propias palabras, una fuente genuina de fortaleza personal durante los años más oscuros de su vida pública.
En septiembre de 1949, Gerald Ford fue iniciado en la Malta Lodge No. 465 de Grand Rapids, junto a sus tres medio hermanos Thomas, Richard y James. No era un gesto político ni un cálculo de carrera: su padre adoptivo era masón y shriner activo. La fraternidad era, para los Ford, parte del paisaje familiar.
El 20 de abril de 1951 recibió el grado de Compañero en la Columbia Lodge No. 3 de Washington D.C., logia que le confirió el sublime grado de Maestro Masón el 18 de mayo de ese mismo año. Era un congresista de treinta y siete años. Nadie adivinaba entonces que ese Maestro Masón recién elevado llegaría a ser el único presidente en la historia de los Estados Unidos que ocupó la Casa Blanca sin haber sido elegido ni para presidente ni para vicepresidente.
Ford habló de la francmasonería con una claridad infrecuente en los políticos. Declaró que los principios masónicos le daban fortaleza para gobernar, que la visión del deber hacia el país y la aceptación de un Ser Supremo como guía habían sostenido su servicio público. No era retórica. En agosto de 1974, cuando Nixon dimitió y Ford asumió la presidencia pronunciando aquellas palabras históricas —"la larga pesadilla nacional ha terminado"— estaba aplicando exactamente eso: anteponer el bien común al interés propio. El perdón a Nixon le costó la reelección en 1976. Él mantuvo que era lo correcto.
Los principios masónicos —verdad, alivio, fraternidad— no son fáciles de sostener bajo los focos del poder mundial. Ford los sostuvo. Imperfectamente, como todos los hombres. Pero los sostuvo.
Ford murió el 26 de diciembre de 2006 en Rancho Mirage, California, a los noventa y tres años. Fue el último presidente de los Estados Unidos con membresía masónica indiscutida. Nadie ha ocupado ese lugar desde entonces. La silla sigue vacía en la logia de la historia.
Pienso en Ford y me pregunto qué significa gobernar desde la escuadra cuando el mundo solo mira el compás. Hizo lo que consideró justo —perdonar a Nixon, cerrar la herida— sabiendo que le costaría la presidencia. Y la perdió. Pero dormía, imagino, con la conciencia cuadrada. Quizás eso es lo más masónico que puede hacer un hombre con el poder en las manos: soltarlo con dignidad.


Comentarios
Publicar un comentario