La Kirk y la logia Cuando la Iglesia de Escocia se atrevió a hacer la pregunta incómoda
Miles de masones escoceses se sentaban cada domingo en los mismos bancos que sus pastores. Todos lo sabían. Nadie lo decía. Hasta que en 1989 la Iglesia decidió romper ese silencio — no con un anatema, sino con una pregunta.
Escocia, 1987. En los bancos de miles de iglesias presbiterianas se sentaban cada domingo hombres que, la noche anterior, quizás habían cruzado el umbral de una logia. Nadie lo preguntaba. Nadie, hasta entonces, lo había considerado un problema urgente que exigiera una respuesta institucional.
La Iglesia de Escocia —la Kirk, como la llaman sus fieles— lo sabía. Sabía que miles de sus miembros pertenecían simultáneamente a la masonería y a la congregación. Y en 1987 decidió que había llegado el momento de pensar en voz alta sobre ello. Encargó a su Panel de Doctrina un estudio de dos años. Lo que vino después ilumina algo esencial sobre cómo las instituciones —religiosas o masónicas— se enfrentan a la incomodidad.
La Iglesia de Escocia es la iglesia nacional del país. Presbiteriana, reformada, con raíces profundas en el siglo XVI y en la figura severa de John Knox. No es Roma. No dicta dogmas desde una cúpula. Delibera, debate, vota. Su Asamblea General es, en cierto modo, un parlamento teológico donde los delegados —pastores y laicos a partes iguales— debaten y aprueban resoluciones. En ese contexto, el debate sobre la masonería no era una cruzada. Era una pregunta incómoda planteada con seriedad institucional.
El Panel de Doctrina trabajó durante dos años. Consultó a teólogos, escuchó testimonios de masones que eran también miembros activos de la Kirk, se reunió con representantes de la Gran Logia de Escocia e incluso con el Capítulo Real y el Supremo Consejo del Rito Escocés. No fue un proceso hostil. Fue, en sus propios términos, un esfuerzo honesto por comprender.
El 20 de mayo de 1989, la Asamblea General aprobó las conclusiones del Panel. Su tono no era el de una condena. Era el de una advertencia amistosa y firme. El documento reconocía el valor moral de muchos masones, elogiaba su labor caritativa y admitía que entre sus filas había hombres de bien. Pero señalaba que existían "dificultades teológicas muy reales" en la pertenencia simultánea a ambas instituciones. La principal: que el nombre de Jesucristo parecía deliberadamente ausente de la liturgia masónica, disuelta en una noción genérica de Ser Supremo que, para un cristiano comprometido, resultaba insuficiente.
La Asamblea no prohibió nada. No expulsó a nadie. Redactó una carta dirigida a los masones que eran miembros de la Iglesia y los invitó a reconsiderar su posición. Fue una pregunta, no un ultimátum. Y como toda buena pregunta, incomodó más que una orden directa.
El resultado, décadas después, es revelador. Muchos pastores y feligreses ignoraron la resolución. Algunos elderes renunciaron, indignados de que la Kirk se hubiera atrevido a opinar. Otros masones escribieron defensas apasionadas de la compatibilidad entre fe y masonería. La carta produjo debate, no éxodo.
Lo que el episodio de 1989 revela es algo que la masonería contemporánea haría bien en no olvidar: las preguntas teológicas sobre la naturaleza del Gran Arquitecto del Universo no son ataques externos. Son conversaciones internas que los masones creyentes llevan consigo cada vez que cruzan el umbral de la logia. La Kirk no inventó esa tensión. Simplemente se atrevió a nombrarla.
Ignorar esa pregunta no la hace desaparecer. Responderla —cada uno desde su conciencia— es, quizás, la labor más masónica de todas.
En la masonería conviven ateos, agnósticos, creyentes de distintas tradiciones. El Gran Arquitecto del Universo es un símbolo deliberadamente abierto. Esa apertura es su fuerza y, para algunos, su debilidad. La Kirk lo señaló con elegancia: no como enemiga, sino como institución que también se toma en serio las palabras. Quizás el mejor diálogo entre masonería y fe cristiana no sea el que evita la pregunta, sino el que la sostiene sin miedo.


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