Eduardo Gibelli El teniente que abrió una biblioteca y lo pagó con el exilio
Lo iniciaron en diciembre. En febrero ya tenía el proyecto listo. En mayo abrió la biblioteca. En junio lo expulsaron de la ciudad. Algunos hombres construyen en cinco meses lo que otros no construyen en toda una vida.
En 1907, Neuquén no era todavía una provincia argentina. Era un Territorio Nacional, una tierra de frontera donde el Estado llegaba con cuentagotas, la Iglesia avanzaba con paso firme y los inmigrantes europeos —españoles, italianos, vascos— construían desde cero una ciudad sobre la confluencia de dos ríos patagónicos. En ese escenario árido y duramente disputado, un teniente del Ejército recién iniciado en la masonería decidió que lo que aquel pueblo necesitaba, urgentemente y antes que cualquier otra cosa, era una biblioteca pública y gratuita para todos sus habitantes.
El 15 de febrero de 1907, en una tenida, fue aceptado por unanimidad su proyecto. Dos meses después, el 4 de abril, las actas registraban: "la biblioteca es una realidad. Cuenta con 300 libros más o menos, a más los que ha quedado en mandar el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública." Tenía local propio, escudo y bandera. El 27 de mayo de 1907 abrió sus puertas al público con 500 volúmenes y cuarenta suscriptores. Era la primera biblioteca pública de Neuquén Capital.
Lo que vino después merece contarse. Un mes después de la inauguración, Gibelli fue trasladado forzosamente a Choele Choel. El responsable, según consta en la documentación masónica, era un coronel descrito como "un clerical rabioso" que "se distingue por sus persecuciones contra los oficiales liberales y los que pertenecen a nuestra sociedad masónica." Gibelli no pudo regresar. La logia, sin su alma, cayó en declive. El 1 de julio de 1907 —apenas cuarenta días después de abrir la biblioteca— celebró su última tenida y se declaró "en sueño".
Pero la biblioteca no cerró. Sobrevivió a la logia que la fundó, al exilio de su fundador y a la hostilidad de quienes la habían combatido. La logia la transfirió al gobierno municipal y siguió creciendo. Años después se llamó Biblioteca Popular Rivadavia y se convirtió en referencia cultural permanente de la ciudad.
Eduardo Augusto Gibelli había sido iniciado como Aprendiz en la Logia "Obreros Luz de Neuquén" Nº 95 el 17 de diciembre de 1906. En pocos meses ascendió al grado de Maestro Masón y fue nombrado Secretario de la logia, cargo desde el que comenzó a obsesionarse —esa es la palabra exacta que aparece en las actas— con un proyecto concreto: crear una biblioteca popular junto al Templo Masónico.
La logia la había creado con una declaración de intenciones explícita: aquella biblioteca actuaría contra "el oscurantismo que ya va a asentar sus reales construyendo una capilla". No era metáfora. Era un pulso directo entre dos visiones del progreso en una tierra sin tradiciones todavía fijadas.
Gibelli es un personaje sin monumento ni calle. Un teniente masón que propuso, convenció, organizó y abrió en cinco meses una biblioteca en el extremo de la Patagonia, y al que expulsaron antes de poder verla funcionar con plenitud. Hay algo profundamente masónico en eso: trabajar sin ver el resultado. Plantar sin cosechar. Construir para los que vendrán.
La masonería en los territorios nacionales argentinos no fue solo ritual y símbolo. Fue alfabetización, fue cultura, fue infraestructura civil donde el Estado era todavía una promesa. Cada libro de aquella primera biblioteca era, también, una piedra tallada en silencio.
Gibelli me resulta uno de los personajes más honestos que hemos encontrado en estas efemérides. No buscaba poder ni reconocimiento. Quería libros al alcance de todos en un pueblo de tierra y viento. Lo lograron. Y cuando se lo llevaron, la biblioteca se quedó. Eso, hermano, es construir en perpendicular.


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