Gloria al Bravo Pueblo El himno que tres masones construyeron sin saberlo
Dos fueron fusilados antes de ver su obra terminada. El tercero firmó el decreto setenta años después. Ninguno de los tres planeó hacer historia juntos. Pero lo hicieron.
Hay himnos que nacen de un decreto. Y hay himnos que nacen del pueblo, viven setenta años sin permiso y solo después reciben el papel que los hace oficiales. El "Gloria al Bravo Pueblo" es de los segundos. Y detrás de cada eslabón de su historia hay un masón.
Vicente Salías nació en Caracas en 1776. Era médico, abogado y poeta —esa combinación improbable que solo produce la Ilustración— y militó desde el primer momento en el movimiento independentista venezolano. En una reunión de la Sociedad Patriótica de Caracas, en los días que siguieron al 19 de abril de 1810, improvisó las primeras estrofas de lo que sería el himno de una nación. No lo compuso en un escritorio. Lo gritó, casi, ante sus hermanos reunidos. Fue fusilado en 1814, con treinta y ocho años. No llegó a ver la independencia que cantó.
Juan José Landaeta nació en Caracas en 1780. Músico formado en la tradición sacra, compositor de obras religiosas y patrióticas, su nombre quedó unido al de Salías en la historia oficial del himno. También fue fusilado en 1814. Dos masones. Dos plumas —una para la letra, otra para la música— segadas el mismo año, por la misma causa, sin ver el fruto de su obra.
El canto sobrevivió a sus creadores. Circuló por décadas en la memoria popular, en plazas y actos públicos, sin sanción oficial. Lo llamaban "la canción nacional" porque el pueblo así lo había decidido, sin necesidad de decreto. Era, antes que nada, una canción del pueblo. Eso dice mucho de su fuerza.
Llegó entonces Antonio Guzmán Blanco. Nacido en Caracas en 1829, abogado, político y militar, fue iniciado en la masonería en 1854 en la Logia Simbólica "Concordia". Con el tiempo se convirtió en miembro fundador de la Logia "Esperanza" Nº 7 de Caracas, donde ostentaba el grado 33° del Rito Escocés. Las logias venezolanas lo proclamaron "Gran Protector de la Institución Masónica en Venezuela". Era también presidente de la República.
Hay una anécdota que lo define mejor que cualquier biografía. Al llegar un día al Gran Templo Masónico con su guardia personal, sus edecanes intentaron entrar con él. Guzmán Blanco los detuvo en la puerta: "Señores, allí afuera soy el presidente de la República; pero aquí adentro soy masón y estoy a las órdenes de mi Venerable Maestro. Ustedes se quedan afuera." Y entró solo.
El 25 de mayo de 1881, ese mismo hombre firmó el decreto que convirtió el "Gloria al Bravo Pueblo" en Himno Nacional de Venezuela. No mencionó a Salías ni a Landaeta —una omisión histórica que todavía duele— pero reconoció lo que el pueblo ya sabía: que aquella canción era la voz de la nación.
Tres masones. Un poeta fusilado, un músico fusilado y un presidente que supo escuchar lo que la historia ya había decidido. Juntos, sin haberlo planeado, construyeron el himno de un país.
La masonería venezolana no es un detalle anecdótico de esa historia. Es su columna vertebral. Desde Miranda hasta Bolívar, trece de los quince presidentes del siglo XIX fueron masones. El himno que hoy suena en escuelas, estadios y actos militares lleva impresa, sin saberlo casi nadie, la huella de tres delantales y tres plomadas.
Me quedo con Salías. Con ese médico-poeta que improvisó un himno en una reunión y lo pagó con su vida. No llegó a ver nada de lo que plantó. Ni la independencia, ni el decreto, ni los millones de voces que cantarían sus palabras dos siglos después. Hay algo profundamente masónico en eso: trabajar para un templo que no verás terminado.
Él lo hizo, sin saber que lo hacía.


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