Irving Berlin El niño de Ellis Island que se convirtió en la música de América

 Llegó a América sin saber inglés, sin dinero y con un nombre que los funcionarios de aduana escribieron mal. Con esos materiales construyó la banda sonora del siglo XX. Y durante ochenta años, se puso el mandil.


En septiembre de 1893, un niño de cinco años llamado Israel Beilin cruzó la aduana de Ellis Island junto a su familia. Venían de Siberia, huyendo de los pogromos del zar Alejandro III. Su padre era cantor de sinagoga. Su equipaje, prácticamente nada. En el registro de inmigración, el apellido Beilin se convirtió en Baline. El niño no lo sabía todavía, pero ese error administrativo sería el primero de una vida de reinvenciones.

Israel Baline creció en el Lower East Side de Manhattan, el barrio donde los inmigrantes judíos se hacinaban en habitaciones sin luz y aprendían a sobrevivir cantando. Cuando su padre murió, Israel tenía trece años y dejó la escuela para ganarse la vida como cantante callejero, de taberna en taberna, de moneda en moneda. En 1905 consiguió trabajo como camarero cantante en el Pelham Café de Chinatown. Allí compuso su primera canción por encargo. La partitura salió impresa con un error: "I. Berlin." Así nació Irving Berlin.


El 3 de junio de 1910, con veintidós años y su primer gran éxito recién en el horizonte —"Alexander's Ragtime Band" llegaría en 1911— fue exaltado al grado de Maestro Masón en la Logia Munn Nº 190 de Nueva York. La masonería lo absorbió con la misma intensidad que la música. Antes de que acabara el año, ya era Masón del Rito Escocés con el grado 32°. En enero de 1911 ingresó en el Mecca Shrine Temple como Noble de los Shriners. En 1936 fue nombrado miembro vitalicio de ambos cuerpos. Ochenta años de membresía masónica activa, interrumpida solo por la muerte.


La carrera de Berlin es sencillamente inverosímil. Nunca aprendió a leer música. Tocaba el piano casi exclusivamente en teclas negras y necesitaba que otros transcribieran sus composiciones. Con esa limitación escribió más de mil quinientas canciones, diecinueve musicales de Broadway y dieciocho bandas sonoras cinematográficas. "White Christmas" ganó el Oscar a la mejor canción en 1942 y sigue siendo uno de los discos más vendidos de la historia. "God Bless America" se convirtió en el himno oficioso de una nación. "Always" fue el regalo de bodas que hizo a su segunda esposa. Jerome Kern, uno de los mayores compositores de su tiempo, lo sintetizó sin ambigüedad: "Irving Berlin no tiene un lugar en la música americana. Irving Berlin es la música americana."

Tres presidentes le entregaron condecoraciones. Truman le otorgó la Medalla al Mérito del Ejército. Eisenhower le concedió la Medalla de Oro del Congreso por sus canciones patrióticas. Ford le entregó la Medalla Presidencial de la Libertad. Cuando los teatros de Broadway conocieron su muerte, el 22 de septiembre de 1989, apagaron sus marquesinas antes del telón. Era el gesto de una industria que reconocía haber perdido a su fundador.


La masonería tuvo en Berlin un hermano que practicó sus principios sin proclamarlos. Recaudó más de cien millones de dólares para causas benéficas a lo largo de su vida. Recibió en 1944 el reconocimiento de la Conferencia Nacional de Cristianos y Judíos por su trabajo en favor de la convivencia interreligiosa. El niño que cruzó Ellis Island sin idioma, sin dinero y sin nombre propio construyó, con notas y mandil, una de las vidas más largas y más plenas del siglo XX.

Me detengo en ese detalle del piano: casi solo tocaba las teclas negras. Las pentatónicas. La escala de los que aprenden de oído, sin papel ni maestro. Y con eso escribió la música que definió una nación. Hay algo profundamente masónico en trabajar con lo que tienes, en labrar la piedra bruta que te tocó en suerte. A Berlin le tocó una infancia de pogromo y una lengua prestada. La convirtió en "White Christmas". No sé si hay mejor definición de lo que significa pulir la piedra bruta.



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