James Anderson El pastor que le dio a la masonería su primera constitución y su primer funeral documentado
No firmó la portada del libro que cambió la masonería. Vivió con pocos medios. Murió casi en el anonimato. Y sin embargo, sin él, la fraternidad que hoy conocemos no existiría tal como es.
Hay hombres que escriben un libro y con él construyen una institución. James Anderson fue uno de ellos. Y cuando lo enterraron en Londres el 28 de mayo de 1739, la institución que había ayudado a fundar le rindió un homenaje que el Daily Post consideró digno de publicar. Merece la pena detenerse en ese momento.
Anderson nació en Aberdeen, Escocia, hacia 1680, hijo de un masón de la Logia de Aberdeen. Fue educado en el Marischal College, ordenado ministro presbiteriano en 1707 y enviado a Londres, donde pasaría el resto de su vida predicando a comunidades de disidentes escoceses. Era un hombre de libros y sermones, modesto en sus conexiones sociales, sin el peso político de Desaguliers ni el prestigio científico de Payne. Sin embargo, cuando la Gran Logia de Inglaterra necesitó a alguien que pusiera orden en el caos de las antiguas constituciones góticas, le encargaron el trabajo a él.
El 29 de septiembre de 1721, el Gran Maestro Duque de Montagu le encomendó formalmente "compilar las viejas Constituciones góticas en forma nueva y mejor." Dos años de trabajo, una comisión de catorce hermanos que revisó el manuscrito y, finalmente, en 1723, apareció el libro que cambiaría la masonería para siempre: Las Constituciones de los Francmasones. En sus páginas estaban la historia legendaria del Arte Real, los Cargos del masón, los Reglamentos Generales y los himnos de las tenidas. Anderson no firmó la portada —la autoría aparece en un apéndice— pero su nombre quedó unido para siempre al nacimiento de la masonería especulativa moderna.
Perdió dinero en el desastre de la Compañía de los Mares del Sur en 1720. Vivió con medios escasos. En 1738 publicó una segunda edición ampliada de las Constituciones y murió sin ver la enorme proyección internacional de su obra: traducida al holandés en 1736, al alemán en 1741, al francés en 1745, e impresa en Filadelfia en 1734, convirtiéndose en el primer libro masónico publicado en América.
Cuatro días después de su muerte, el Daily Post publicó la crónica de su sepelio en Bunhill Fields con una precisión hoy invaluable: "Anoche fue enterrado el cadáver del Dr. Anderson, maestro disidente, en una tumba de extraordinaria profundidad. El féretro fue conducido por cinco maestros disidentes y el reverendo Dr. Desaguliers. Fue seguido por una docena de francmasones que rodearon la tumba; y tras el discurso sobre la inseguridad de la vida humana, sin mencionar al difunto, los masones lloraron y batieron, levantando los brazos tres veces, sobre sus mandiles de piel."
Es la primera descripción documentada de un funeral masónico publicada en la prensa. El discurso que no menciona al difunto. El llanto colectivo. Los brazos alzados tres veces sobre los delantales de cuero. Un ritual de duelo que habla de fraternidad sin individualismo: no importa quién ha muerto. Importa que un hermano se ha ido.
Anderson no fue el arquitecto solitario de la masonería moderna. Pero sí fue quien le dio forma escrita, lenguaje común y memoria. Sin sus Constituciones, la Gran Logia de 1717 podría haber sido una anécdota histórica. Con ellas, se convirtió en cimiento de una fraternidad que hoy reúne millones de hermanos en todo el mundo.
Me detengo siempre en ese detalle del Daily Post: el discurso que no menciona al difunto. No es frialdad. Es algo mucho más profundo. Es recordar que ningún hermano es más importante que la fraternidad. Que lo que se llora no es el individuo sino la pérdida de un eslabón de la cadena. Anderson construyó esa cadena con palabras. Y cuando se fue, la cadena siguió.


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