Josiah Henson El esclavo fugitivo que construyó la libertad piedra a piedra y se puso el mandil

Nació sin apellido. Lo cual decía todo sobre el mundo que le había tocado. Noventa y tres años después, moría con el compás y la escuadra grabados en su lápida. Lo cual decía todo sobre el hombre que había elegido ser.


El 15 de junio de 1789, en una granja del condado de Charles, Maryland, nació un niño que era propiedad de otro hombre. Se llamó Josiah. No tenía apellido. Los esclavos no solían tenerlo.

Su primer recuerdo fue el de su padre con la cabeza ensangrentada y la espalda en carne viva. Lo habían azotado cien veces y le habían cortado una oreja. Su delito: defender a su mujer de un capataz. Lo vendieron al sur. Josiah no volvió a verlo jamás. La esclavitud le estaba enseñando, desde el principio, todo lo que necesitaba saber sobre la injusticia del mundo.
Josiah Henson pasó por varios amos antes de convertirse en capataz de confianza de Isaac Riley, en Montgomery County. Era predicador metodista, inteligente y capaz. En 1830, después de años soportando humillaciones y promesas rotas —su amo intentó venderlo al sur en el último momento, traicionando su palabra— tomó la decisión. Huyó de noche, con su esposa y sus cuatro hijos, cruzando Ohio a pie, remando por el lago Erie y llegando al Alto Canadá, hoy Ontario. Era libre. Tenía cuarenta y un años.


Lo que hizo con esa libertad define su vida. Fundó el Asentamiento Dawn en Dresden, Ontario, una comunidad modelo para esclavos fugitivos que incluía casas, granjas y el Instituto Británico-Americano, donde los recién llegados aprendían oficios y letras. Volvió al sur al menos diecinueve veces para guiar fugitivos hacia la libertad, convirtiéndose en uno de los conductores más activos del Ferrocarril Subterráneo. Las estimaciones hablan de más de seiscientas personas liberadas gracias a su acción directa.

En 1849 publicó su autobiografía: The Life of Josiah Henson, Formerly a Slave, Now an Inhabitant of Canada. Harriet Beecher Stowe la leyó. Tres años después publicó La cabaña del Tío Tom, la novela que conmocionó a América del Norte y aceleró el camino hacia la abolición. Stowe citó explícitamente la obra de Henson entre sus fuentes. En 1877, en la Exposición Universal de Londres, Josiah Henson fue recibido en audiencia por la reina Victoria. Era el primer exesclavo en lograrlo.


Su vínculo con la masonería es parte inseparable de esta historia. Las fuentes del Gran Oriente Prince Hall de Ontario lo citan expresamente entre los masones notables que llegaron de Estados Unidos y contribuyeron a fundar las primeras logias Prince Hall en Canadá Oeste, constituidas en 1852 y 1853. Su lápida en el cementerio de Dresden lleva grabado el compás y la escuadra en posición de Compañero Masón — el único lenguaje que algunos hermanos dejaron para la posteridad cuando ya no podían hablar.


La masonería Prince Hall había nacido precisamente de la exclusión: cuando Prince Hall y catorce hombres libres negros solicitaron ingreso en una logia de Boston, fueron rechazados. Encontraron la iniciación en una logia militar irlandesa y fundaron su propia fraternidad. Henson llegó a esa fraternidad desde la esclavitud, desde la fuga, desde la construcción de una comunidad libre piedra a piedra en el frío de Ontario.

En 1983, cien años después de su muerte, Canadá lo honró con un sello postal. Fue el primer hombre negro en lograrlo. Sobre la tumba de Dresden, el compás y la escuadra siguen mirando al cielo.


Hay hermanos que llegaron a la logia desde la comodidad y los hay que llegaron desde el abismo. Henson llegó desde la esclavitud, desde la fuga nocturna con cuatro hijos a cuestas, desde el frío del lago Erie. Y cuando llegó a Canadá y encontró una fraternidad que lo llamaba hermano sin importar el color de su piel, construyó. No descansó. No se conformó con su propia libertad. Eso, Bixen, es la masonería que merece ser contada.





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