Giuseppe Mazzini El alma de Italia nunca vio la Italia que soñó

 Génova, 22 de junio de 1805. Nace el cuarto hijo del médico Giacomo Mazzini y de María Drago, una mujer de inteligencia viva y convicciones firmes que ejercería sobre él una influencia decisiva. Le ponen Giuseppe. No saben todavía que ese niño se convertirá en el hombre al que una nación entera llamará su alma.



Giuseppe Mazzini estudió derecho en la Universidad de Génova. De joven solía vestir de negro —en señal de luto por Italia sometida, decía— y leía con una voracidad que sus contemporáneos recordarían siempre. A los veintidós años ingresó en la Carbonería, sociedad secreta de raíz italiana que operaba en la clandestinidad contra las monarquías absolutas. Recibió el primer grado y ascendió rápidamente al segundo. Fue detenido en 1830, internado brevemente y liberado con la condición de no volver a Génova. Eligió el exilio. Era el comienzo de una vida que viviría casi entera fuera de su país.


En Marsella, en 1831, fundó La Giovine Italia —La Joven Italia— una sociedad secreta republicana que en apenas dos años reunió sesenta mil adherentes. Su lema era Pensamiento y Acción. Su objetivo, crear una Italia unida y republicana mediante la educación del pueblo y, cuando fuera necesario, la insurrección. Mazzini creía que la nación no era un capricho de los reyes sino una comunidad de destino entre iguales. Esa idea, en 1831, era revolucionaria.

Su relación con la masonería fue más compleja que una simple membresía. Se afirma que obtuvo el grado 33° de la masonería italiana y que integró logias comprometidas con la causa de la unificación. Lo que es indudable es que para Mazzini la fraternidad —masónica o política— era un instrumento moral: los hombres se unen no para protegerse, sino para elevarse mutuamente. Esa filosofía impregna toda su obra escrita y toda su acción política.


Desde el exilio —Marsella, Berna, Londres— dirigió insurrecciones que fracasaron una y otra vez. En 1848 entró en Milán cuando los austriacos fueron expulsados temporalmente. En 1849 fue uno de los tres triunviros que gobernaron la República Romana, el experimento republicano más audaz del Risorgimento, aplastado por tropas francesas enviadas por Napoleón III. Regresó al exilio. No se rindió.

Italia se unificó en 1861, pero no como Mazzini había soñado. Lo hizo bajo la monarquía de Víctor Manuel II y la habilidad diplomática del conde Cavour, no como república popular. Mazzini rechazó el resultado, rechazó el escaño de diputado que le ofrecieron y siguió denunciando desde Londres lo que consideraba una unificación incompleta. En 1870 intentó una última insurrección en Sicilia y fue arrestado. Murió en Pisa el 10 de marzo de 1872, de pleuresía, bajo nombre falso, en la clandestinidad. Cien mil personas asistieron a su funeral en Génova.


Italia alcanzó la unificación sobre un trípode: Mazzini puso las ideas, Cavour la diplomacia, Garibaldi las armas. Sin el primero, los otros dos no habrían tenido hacia dónde caminar.

La masonería contemporánea puede reconocerse en Mazzini más que en muchos hermanos ilustres. No en el éxito, sino en la persistencia. No en el resultado, sino en la convicción de que trabajar por una idea justa tiene sentido aunque uno no llegue a verla realizada.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Logia Stella Matutina nº 75 — Una luz discreta al alba de Donostia

Friedrich Joseph Wilhelm Schröder El médico del alma que quiso sanar la masonería

Honras a Andrés Puente y Badell — Dignidad masónica frente a la represión