Eduardo, Duque de York — El príncipe que fue iniciado masón en Berlín y murió a los 28 años dejando una logia con su nombre

Hermano del rey de Inglaterra. Iniciado en Berlín. Muerto a los 28 años en Mónaco. La logia que eligió su nombre lleva más de dos siglos y medio recordándole. A veces la historia de un hombre es más larga que su vida.

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Berlín, 27 de julio de 1765. En la Logia de la Amistad, un príncipe de la Casa de Hannover es iniciado masón. Se llama Eduardo Augusto, Duque de York y Albany, hermano menor del rey Jorge III de Gran Bretaña. Tiene veintiséis años. Le quedan exactamente dos años y cincuenta y dos días de vida. No lo sabe.

Eduardo nació el 25 de marzo de 1739 en Norfolk House, en el corazón de Londres. Segundo hijo de Federico, Príncipe de Gales, y de la princesa Augusta de Sajonia-Gotha, pasó su infancia junto a su hermano mayor —el futuro Jorge III— bajo una educación rigurosa: latín, alemán, griego, matemáticas, religión y, para equilibrar tanto rigor, clases de baile. Los que le conocieron pintaron dos retratos muy distintos del mismo hombre: serio y disciplinado en los libros, travieso y sociable en la vida. Le gustaban las bromas. Le gustaba hablar. Le gustaba la gente.


Se inclinó por la Marina. Sirvió en la Guerra de los Siete Años y alcanzó el rango de Almirante. Cuando su hermano subió al trono en 1760, Eduardo se convirtió por unos meses en heredero presunto —hasta que Jorge III tuvo a su primer hijo en 1762. A partir de entonces, libre del peso dinástico, pudo vivir con más holgura.

El 27 de julio de 1765, en Berlín, fue iniciado en la Logia de la Amistad. La logia, honrada por tan alto patrocinio, adoptó desde entonces el nombre de Real Logia de la Amistad de York —nombre que conserva hoy. Eduardo recibió también el rango de Pasado Gran Maestro de la Gran Logia Premier de Inglaterra el 15 de abril de 1767, reconocimiento honorífico que la fraternidad concedía a los príncipes que la enaltecían con su membresía.


Pero el tiempo que le quedaba era escaso. En el verano de 1767, viajando hacia Génova, enfermó gravemente. Tuvieron que desembarcarlo en el puerto de Mónaco. A pesar de los cuidados que recibió en el Palacio del Príncipe Honoré III, murió el 17 de septiembre de 1767. Tenía veintiocho años. El salón donde falleció se conoce desde entonces como la Sala de York. Su cuerpo fue repatriado a bordo del HMS Montreal y reposa en la Abadía de Westminster.

La historia del Príncipe Eduardo no es la de un gran reformador ni la de un héroe de batalla. Es la historia de un príncipe joven, curioso y sociable que encontró en la masonería algo que la corte de Jorge III no podía ofrecerle: un espacio donde los títulos importan menos que la palabra dada. Y que tuvo la mala fortuna de morir antes de poder desarrollar plenamente lo que la logia había despertado en él.


Su iniciación en Berlín tuvo, sin embargo, una consecuencia duradera. La Logia de la Amistad de York sigue existiendo hoy, portando su nombre. La masonería tiene esa capacidad: convertir un instante en una tradición que sobrevive siglos a quienes la protagonizaron. Eduardo duró veintiocho años. La logia que lleva su memoria lleva ya más de dos siglos y medio.

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Me resulta conmovedor ese detalle de la Sala de York en el Palacio de Mónaco. Un príncipe inglés, iniciado masón en Berlín, muere en el palacio de un príncipe monegasco y deja su nombre grabado en las paredes de una habitación que nadie cambió. Hay algo en esa persistencia involuntaria de los nombres que la masonería entiende bien: los hombres pasan, las palabras quedan.

 

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