Émile Littré — El hombre que definió la lengua francesa y no pudo definir a Dios
Pasó treinta años buscando la definición exacta de cada palabra de la lengua francesa. La noche de su iniciación, ante mil masones, alguien le hizo la única pregunta que no podía responder. Y su respuesta fue la más honesta que se ha pronunciado en una logia.
París, 8 de julio de 1875. La Logia La Clémente Amitié del Gran Oriente de Francia celebra una tenida que no parece ordinaria. En la calle, frente al edificio, cientos de personas esperan. No son masones. Son ciudadanos, periodistas, intelectuales que han oído que esta noche algo importante ocurre dentro. Lo que ocurre es esto: Émile Littré, el hombre que dedicó su vida entera a definir las palabras de la lengua francesa, va a ser iniciado masón a los setenta y cuatro años.
Littré había nacido en París el 1 de febrero de 1801. Su padre, sargento de artillería naval impregnado de ideas revolucionarias, y su madre, librepensadora convencida, le enseñaron que el conocimiento no necesitaba tutela religiosa. Estudió medicina sin llegar a ejercerla, aprendió griego, latín, árabe y sánscrito, y en 1839 publicó el primer volumen de las obras completas de Hipócrates, trabajo que le valió el ingreso en la Academia de Inscripciones y Bellas Letras. Ese mismo año descubrió la filosofía de Auguste Comte. Aquella lectura fue, como él mismo reconoció, "el punto cardinal de mi vida." El positivismo —la idea de que solo el conocimiento verificable merece llamarse conocimiento— se convirtió en el marco de todo su pensamiento.
La noche de su iniciación, ante aproximadamente mil masones reunidos en La Clémente Amitié, el ritual exigía que respondiera a la pregunta que la masonería planteaba a todo candidato: ¿cree usted en la existencia de un Ser Supremo? Littré no esquivó la pregunta. La respondió como solo un lexicógrafo positivista podía: "Un hombre sabio de la antigüedad, a quien un rey le hizo la misma pregunta, pensó en una respuesta durante días, pero nunca pudo responder. Les ruego que no me pidan respuesta. Ninguna ciencia niega una primera causa, porque no encuentra otra justificación ni prueba. Todo conocimiento es relativo y siempre nos encontramos con fenómenos y leyes cuya causa desconocemos. El que proclama con determinación no creer ni no creer en Dios demuestra no comprender el problema de lo que hace que las cosas existan y desaparezcan."
Esa misma noche fue iniciado también Jules Ferry, el político que construiría la escuela laica y gratuita en Francia. Dos hombres, una sola noche, una sola logia. Uno había construido la lengua. El otro construiría la escuela. Ambos compartían la convicción de que instruir es el más alto deber del hombre.
Su obra mayor comenzó en 1844 y tardó treinta años en completarse. El Diccionario de la Lengua Francesa —el Littré— no era un simple inventario de palabras. Era una arqueología de la lengua: cada término con sus acepciones históricas, sus etimologías, sus usos literarios desde el siglo XII. Cuatro volúmenes. Ciento ochenta y siete mil entradas. Un monumento que hoy sigue siendo referencia en todos los hogares cultos de Francia.
Esa respuesta no era evasión. Era la posición más honesta que un positivista podía tomar: la ignorancia confesada como forma de rigor intelectual.
Littré murió en París el 2 de junio de 1881. Su esposa e hija, católicas fervorosas, intentaron convertirlo en sus últimos meses. No lo lograron. Murió como había vivido: sin certezas sobre lo que no puede saberse, con plena certeza sobre lo que puede enseñarse.
Me detengo siempre en esa respuesta ante el Ser Supremo. Littré tenía setenta y cuatro años, había leído todo lo que se puede leer, había definido ciento ochenta y siete mil palabras. Y cuando le preguntaron por Dios dijo: no lo sé, y decirlo sería mentir. Hay masones que llevan décadas en la fraternidad y nunca han encontrado el valor para decir eso en voz alta. Littré lo dijo la primera noche, ante mil personas, a los setenta y cuatro años. Eso es lo que significa ser libre.


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