Jean-Paul Marat — El médico masón que se convirtió en la voz más temida de la Revolución Francesa
Fue iniciado masón en Londres el mismo año que publicó su primer ataque contra la monarquía. Quince años después, desde las páginas de su periódico, pedía la cabeza de sus enemigos. Algunos de ellos también eran masones.
Londres, 15 de julio de 1774. Un joven médico de origen sardo, nacido en Boudry treinta y un años antes, recibe el certificado de la Gran Logia de Inglaterra que acredita su iniciación masónica. Se llama Jean-Paul Marat. Ese mismo año publica en Newcastle una obra que sacudirá los cimientos del pensamiento político europeo: The Chains of Slavery —Las cadenas de la esclavitud—, un ataque en regla contra la monarquía ilustrada. La masonería y la revolución nacen en él al mismo tiempo.
Marat estudió medicina en París y se doctoró en Londres, donde ejerció como médico durante casi una década. Era brillante, ambicioso y profundamente inconformista. Su libro de 1774 no era un panfleto anónimo: llevaba su nombre y decía cosas que en Francia habrían podido costarle la libertad. En Londres podía permitírselo. Y allí, en esa ciudad donde los masones de la Gran Logia debatían ciencia, filosofía y política en igualdad de condiciones, encontró una fraternidad que resonaba con sus convicciones.
Marat no solo atacó desde su periódico. Incitó. Participó en las matanzas de septiembre de 1792 y reclamó la dictadura del pueblo como solución a la crisis revolucionaria. Fue elegido miembro de la Convención Nacional y del Club de los Cordeliers. Sus ataques a los girondinos lo convirtieron en su enemigo número uno. Los girondinos consiguieron que la Convención lo acusara de incitar a la violencia. Fue declarado inocente. Siguió atacando.
Jacques-Louis David inmortalizó la escena en uno de los cuadros más famosos de la historia: Marat muerto en la bañera, la carta de Corday todavía en la mano, el cuerpo sereno como el de un mártir. Los jacobinos lo convirtieron en icono. Las iglesias desamortizadas acogieron su retrato en lugar de las imágenes de los santos.
Regresó a Francia como médico de la nobleza. Pero cuando estalló la Revolución en 1789, Marat eligió el otro bando. Fundó el periódico L'Ami du Peuple —El amigo del pueblo— y se convirtió en la voz más radical y más temida de la Convención. No era un hombre de medias tintas. Atacó al ministro Necker. Atacó al rey Luis XVI. Atacó a Lafayette —que también era masón— acusándole de monarquista y traidor. Dos masones, hermanos en la misma fraternidad, en bandos opuestos de la Revolución más sangrienta de Europa.
Para 1793, Marat estaba enfermo y exhausto. Una afección cutánea crónica lo obligaba a pasar horas en un baño medicinal para aliviar el dolor. Fue en esa bañera donde Charlotte Corday, una joven girondina de veinticuatro años, lo encontró el 13 de julio de 1793 y lo apuñaló. Murió en el acto. Tenía cincuenta años.
La masonería del siglo XVIII fue un espacio de ideas que luego tomaron rumbos opuestos. Marat, Lafayette, el Duque de Orleans: todos masones, todos protagonistas de la Revolución, todos enfrentados entre sí. La fraternidad no garantiza la fraternidad. Pero sí garantiza que los hombres se formen en un espacio donde las ideas se debaten sin miedo. Lo que hagan con ellas después es asunto de cada conciencia.
Marat es el hermano más incómodo de cuantos hemos retratado en estas crónicas, junto a Bakunin. Fue iniciado en una logia ilustrada y acabó pidiendo cabezas. Hay algo en esa trayectoria que la masonería no puede ignorar: la fraternidad forma hombres libres, no hombres buenos. La libertad sin virtud puede llevar a la guillotina. Eso es lo que Marat nos enseña, aunque no fuera esa su intención.


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