Johann Valentin Andreae — El teólogo que escribió una broma alquímica y sin quererlo fundó la espiritualidad del grado 18°
Escribió una novela alegórica como ejercicio literario y la llamó sátira. El mundo se la tomó en serio. De esa confusión nació uno de los movimientos espirituales más influyentes de la historia de la masonería. El pelícano del grado 18° viene de aquí.
Herrenberg, Württemberg, 17 de agosto de 1586. Nace Johann Valentin Andreae en el seno de una familia de teólogos luteranos. Su abuelo, Jakob Andreae, había sido uno de los redactores de la Fórmula de Concordia, el documento que unificó el luteranismo alemán. Su padre era superintendente eclesiástico. La teología era el aire que respiraba. Y la alquimia, la matemática y el teatro eran los vicios secretos de un joven demasiado inteligente para conformarse con la ortodoxia.
A los diecisiete años escribió, como ejercicio literario, una novela alegórica que tardó doce años más en publicar. La llamó Las Bodas Químicas de Christian Rosenkreutz, año 1459. Era una historia en siete jornadas —como los siete días del Génesis— en la que un peregrino llamado Christian Rosenkreutz era invitado a presenciar las bodas de un rey y una reina en un castillo misterioso. Las bodas eran una alegoría de la transformación espiritual: muerte, purificación, resurrección. El lenguaje era alquímico. La intención, según el propio Andreae, era satírica. Un ludibrium, dijo años después: un juego, una broma literaria.
El problema es que nadie se lo tomó como broma.
Cuando el libro apareció en Estrasburgo en 1616, ya circulaban desde hacía dos años otros dos textos anónimos —la Fama Fraternitatis y la Confessio Fraternitatis— que hablaban de una misteriosa hermandad de sabios llamada la Fraternidad de la Rosa Cruz, fundada por un tal Christian Rosenkreutz tras viajar por Oriente aprendiendo los secretos del universo. Nadie sabía quién había escrito esos textos. Andreae fue señalado como el autor más probable. Nunca lo confirmó del todo. Tampoco lo negó con convicción.
El efecto fue explosivo. En la Alemania devastada por las guerras de religión, en un continente que anhelaba una renovación espiritual que las Iglesias establecidas no ofrecían, la idea de una fraternidad secreta de iluminados que poseían la clave de la reforma universal resultó irresistible. Miles de personas escribieron cartas a la Fraternidad de la Rosa Cruz pidiendo ser admitidos. Nadie contestó. La fraternidad no existía como institución. Existía como idea. Y las ideas, cuando responden a una necesidad profunda, tienen una vida propia que sus autores no controlan.
Andreae murió en Stuttgart el 27 de junio de 1654 como predicador de corte y abad, respetado teólogo luterano. Nunca fundó ninguna orden rosacruz. Nunca presidió ninguna logia. Su influencia sobre la masonería no llegó a través de una membresía sino a través de una imagen: el pelícano que se abre el pecho para alimentar con su sangre a sus crías, símbolo central de Las Bodas Químicas, se convirtió en uno de los emblemas principales del grado 18° del Rito Escocés Antiguo y Aceptado — el grado del Soberano Príncipe Rosacruz, el Caballero del Águila y el Pelícano.
La rosa sobre la cruz. La muerte y la resurrección como camino iniciático. La búsqueda de la Palabra Perdida. Todo eso está en Andreae. Y todo eso está en el grado 18°. Un teólogo luterano que escribió una sátira alquímica por diversión terminó siendo, sin quererlo, uno de los arquitectos espirituales de la masonería moderna.
La frontera entre la broma y la verdad es, a veces, el lugar donde nace lo más duradero.
Me parece fascinante que Andreae llamara a sus manifiestos un ludibrium — un juego — y que ese juego haya dado forma a uno de los grados más profundos del REAA. Quizás la lección es que las obras que perduran no siempre nacen de la solemnidad. A veces nacen de la curiosidad de un joven de diecisiete años que escribe una novela rara por el placer de escribirla. Y luego el mundo la convierte en catedral.

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ResponderEliminarPerfecto, si está en vuestra consideración puedes hacer uso de este artículo. Un T.·. A.·. F.·.
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