La cámara de reflexión — Lo que un masón ve cuando se queda solo con sus pensamientos
Hay una habitación que no aparece en ningún plano del edificio. No porque sea secreta. Sino porque nadie que entre en ella sale dispuesto a describirla con exactitud.
Hay una habitación que no aparece en ningún plano del edificio.
No porque sea secreta. Sino porque nadie que entre en ella sale dispuesto a describirla con exactitud. Lo que ocurre dentro pertenece a quien lo vivió. Lo que puedo contar es lo que sentí. Y eso, creo, es suficiente para que quien no ha estado allí entienda algo. Y para que quien ya estuvo reconozca lo suyo.
La habitación es pequeña. Oscura. Una vela. Una mesa. Sobre la mesa, una calavera, sal, azufre, mercurio en sus recipientes, papel y pluma. Y silencio. Un silencio construido adrede, del tipo que ya describí hace unos días en este mismo blog. Pero más denso. Porque aquí el silencio no es solo ausencia de ruido. Es ausencia de salida.
Entras solo. La puerta se cierra.
Lo primero que pasa, al menos a mí, fue que noté el ridículo. Aquí estoy, pensé, sentado ante una calavera con una vela, como en una película de serie B. El pensamiento crítico es el primer mecanismo de defensa que desplegamos ante lo que nos incomoda. Si le encuentras lo absurdo, no tienes que tomártelo en serio. Si no te lo tomas en serio, no tienes que sentir nada.
El problema es que el tiempo pasa. Y la calavera sigue ahí.
No es que te dé miedo. No es eso. Es que te acostumbras a ella. Y cuando te acostumbras a mirar una calavera, empiezas a pensar en lo que representa. No en la muerte en abstracto, que es una comodísima manera de no pensar en nada. Sino en tu muerte. En que hay un día, que no conoces, en que todo lo que ahora te parece urgente habrá dejado de existir contigo. El trabajo. Los conflictos. Los rencores que cargas. Las cosas que ibas a hacer y no hiciste.
Entonces llegan las preguntas del papel.
Son tres, en versión reducida. Qué debes a la humanidad. Qué debes a tu familia. Qué debes a ti mismo. No tienes que responderlas bien. Tienes que responderlas honestamente. Nadie va a calificarte. Nadie va a leer lo que escribes para castigarte. Pero el problema de las preguntas honestas es que exigen respuestas honestas. Y la honestidad, cuando nadie te mira, es más difícil que la valentía cuando todos te observan.
Escribo esto sin poder contarte lo que escribí yo. No porque haya un secreto ritual que proteger. Sino porque lo que escribí es mío y sería obsceno compartirlo aquí. Lo que puedo decirte es que tardé más de lo que esperaba. Y que cuando terminé, la vela había consumido un trozo considerable de sí misma.
Hay gente que sale de la cámara de reflexión y dice que no sintió nada especial. Que es teatro. Que la psicología de la situación hace el trabajo y no hace falta darle más vueltas. Puede que tengan razón. Pero yo pienso que incluso eso —la resistencia, el escepticismo, la negativa a que una calavera y tres preguntas te muevan— dice algo. Dice que hay algo que no quieres ver todavía.
La cámara no te da respuestas. No te transforma. No produce iluminación instantánea. Lo que hace es más modesto y más útil: te saca del ritmo habitual el tiempo suficiente para que te hagas una pregunta que normalmente evitas.
Solo eso.
A veces es suficiente para que algo cambie.


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