Cavour — El masón que construyó Italia sin disparar un solo tiro
Mazzini soñó Italia. Garibaldi la conquistó. Cavour la hizo posible. Y de los tres, es el único al que nadie pone estatuas en los libros de historia para niños. Quizás porque construir con paciencia nunca ha sido tan fotogénico como morir con una bandera.
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Turín, 10 de agosto de 1810. Nace Camillo Paolo Filippo Giulio Benso en una familia de la nobleza piamontesa al servicio de la Casa de Saboya. Piamonte está bajo dominio napoleónico. Su padre es marqués. Su futuro, según todas las convenciones de su clase, está trazado: carrera militar, administración, discreción. Nadie espera de ese niño que cambie el mapa de Europa.
Lo enviaron a la Academia Militar. Fue oficial de ingenieros en varias guarniciones fronterizas. Y en 1830, en Génova, conoció a Anna Giustiniani Schiaffino, una mujer de ideas radicales cuyo salón frecuentaban los carbonarios de Mazzini. Cavour tenía veinte años y se enamoró. De ella y de sus ideas. Durante unos meses, el futuro artífice del pragmatismo diplomático europeo fue casi un revolucionario. Luego cambió de método. No de objetivo.
Su vinculación con la masonería está documentada en los archivos del Gran Oriente de Italia. Cavour era masón — el mismo Gran Oriente que Garibaldi presidió como Gran Maestro y que reunió bajo su techo a los tres hombres que hicieron posible la unificación italiana. Mazzini ponía las ideas. Garibaldi ponía el cuerpo. Cavour ponía algo más difícil y menos heroico: la inteligencia política.
Dejó el ejército y se dedicó a lo que realmente le apasionaba: la economía. Viajó a Francia y Gran Bretaña para estudiar el liberalismo económico en funcionamiento. Convirtió las tierras familiares de Grinzane en un laboratorio de modernización agraria. A los veintidós años era alcalde de ese pueblo, y lo fue durante diecisiete. El pueblo cambió su nombre: hoy se llama Grinzane Cavour. A veces la historia nominal es la más elocuente.
En 1847 fundó el periódico Il Risorgimento, desde cuyas páginas construyó el discurso de la Italia unida que quería: monárquica, constitucional, liberal. No republicana como quería Mazzini. No conquistada a golpe de camisa roja como prefería Garibaldi. Unida desde arriba, con paciencia, con alianzas, con la calculada cesión de Niza y Saboya a Napoleón III a cambio del apoyo militar francés contra Austria. Esa negociación le costó el desprecio de Garibaldi, que era nativo de Niza y nunca se lo perdonó.
La tensión entre Cavour y Garibaldi es una de las más instructivas de la historia del Risorgimento. Dos masones, dos patriotas, un objetivo. Métodos irreconciliables. Cavour aparentaba condenar públicamente la Expedición de los Mil mientras en privado la facilitaba. No podía defenderla sin comprometer a Piamonte diplomáticamente. No podía detenerla sin traicionar la causa. Navegó entre ambas orillas con una habilidad que sus contemporáneos llamaron hipocresía y la historia llama pragmatismo.
El 17 de marzo de 1861 se proclamó el Reino de Italia. Cavour fue su primer ministro. Murió tres meses después, el 6 de junio de 1861, de fiebres tifoideas, sin haber visto la incorporación de Venecia ni de Roma. Tenía cincuenta años.
En la historia del Risorgimento, Mazzini es el profeta, Garibaldi el héroe y Cavour el político. Los tres son necesarios. Los tres son masones. Pero solo uno entendió que los ideales sin Estado son poesía, y que el Estado sin ideales es tiranía. Ese era Cavour. El hombre menos romántico de los tres. Y quizás el más imprescindible.
Cavour me recuerda a algo que la masonería no siempre valora lo suficiente: que construir bien es más difícil que destruir con entusiasmo. Mazzini llenaba plazas. Garibaldi ganaba batallas. Cavour negociaba en salones, cedía territorios que le dolía ceder y firmaba acuerdos que nadie aplaudía. Y cuando murió, Italia existía. Quizás eso es lo que significa trabajar para el bien común sin necesitar que te vean hacerlo.
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