Stendhal — El escritor que escondió la masonería en sus novelas como quien esconde un secreto en plena luz
Fue iniciado masón un 3 de agosto. Años después, el personaje más importante de su novela más ambiciosa entra en prisión un 3 de agosto. Y algunos investigadores sostienen que su propio seudónimo es el criptograma de esa fecha. Stendhal nunca fue un buen masón. Fue algo más interesante: un escritor obsesionado con esconder la verdad donde nadie la buscaba.
Grenoble, 23 de enero de 1783. Nace Henri Beyle, el tercero de cuatro hijos de un abogado conservador y una madre que muere cuando él tiene siete años. Esa pérdida temprana lo marcará para siempre: en sus diarios, Stendhal la describirá como la primera y más definitiva de todas sus heridas. El hombre que se convertiría en el mayor anatomista del alma humana del siglo XIX aprendió antes que nadie a diseccionar su propio dolor.
Su infancia en Grenoble fue una guerra declarada contra su padre y su abuelo, ambos reaccionarios convencidos. Henri los odiaba con la precisión clínica que luego aplicaría a sus personajes. Huyó de casa a los diecisiete años con el pretexto de estudiar en París. Nunca llegó a la Escuela Politécnica. Se alistó en el ejército de Napoleón, cruzó los Alpes y llegó a Italia. Milán le cambió la vida. La música, la pintura, las mujeres, la luz. Italia se convirtió en su segunda patria espiritual, el único lugar donde sentía que podía ser él mismo.
El 3 de agosto de 1806, en París, Henri Beyle fue recibido Aprendiz Masón en la Logia Sainte Caroline del Gran Oriente de Francia. Lo acompañaba su primo Martial, el único de sus parientes con quien mantenía una amistad real. Tenía veintitrés años. Era oficial en las campañas napoleónicas, viajero empedernido y observador insaciable de la condición humana.
Pero la masonería no lo retuvo. Pagó sus derechos de iniciación y no volvió a pagar ninguna cuota. No ascendió de grado. No asistió a tenidas. Aparentemente, la logia no le ofreció lo que buscaba —o encontró lo mismo en otro lugar. En Milán, años después, se acercó al carbonarismo, la sociedad secreta italiana que luchaba por la independencia. Fue acusado de simpatizante y expulsado del país en 1821. El hombre que no acabó de comprometerse con la logia masónica casi se comprometió demasiado con la conspiración italiana.
Ideas, simbolismo y legado
Lo que sí hizo fue algo más sutil y más permanente: esconder la masonería en su literatura. Investigadores especializados han señalado que el 3 de agosto —fecha de su iniciación— aparece cifrado en varios momentos decisivos de su obra: Fabrice del Dongo, protagonista de La Cartuja de Parma, entra en la Torre Farnese precisamente un 3 de agosto. Y hay quien sostiene, con el rigor de los que saben mucho y duermen poco, que el propio seudónimo "Stendhal" es un criptograma de esa fecha usando el alfabeto inventado por el propio Beyle.
Stendhal es el escritor que dijo que "la política en una obra literaria es un pistoletazo en medio de un concierto." Y sin embargo, no pudo evitar que la política —y la fraternidad— se colaran en su obra por la puerta de los símbolos. Lo que rechazó como institución lo adoptó como cifra. Lo que no practicó como masón lo inscribió como novelista.
Murió en París el 23 de marzo de 1842, de un ataque de apoplejía en plena calle. Tenía cincuenta y nueve años. Dejó escritos suficientes para que la posteridad lo leyera durante dos siglos. En su epitafio, que él mismo redactó, escribió: "Visse, scrisse, amò." Vivió, escribió, amó. No menciona la logia. Pero algunos piensan que está allí, cifrada, como siempre.
Stendhal me parece el hermano más honesto que hemos retratado en estas crónicas. No fingió entusiasmo que no sentía. Entró en la logia, vio lo que había, y siguió su camino. Pero no olvidó la fecha. La guardó en sus novelas como si supiera que alguien, algún día, la encontraría. Eso es lo que hacen los escritores con las cosas que importan: las esconden donde solo los que buscan de verdad pueden encontrarlas. Quizás eso también es masonería.
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