Las Constituciones de 1762 — El acta de nacimiento del REAA que los historiadores siguen sin poder firmar
El REAA tiene documentos fundacionales. Los propios historiadores del rito los describen con expresiones como "se dice que", "probablemente" y "aunque es incierto." Eso no lo hace menos legítimo. Pero sí merece ser dicho en voz alta.
Burdeos, 21 de septiembre de 1762. Nueve comisionados se reúnen, según la tradición, en el Gran Oriente de Burdeos. Su misión: redactar un documento que organice los grados superiores de la masonería francesa en una estructura coherente. El resultado son las Constituciones de 1762 — treinta y cinco artículos que regulan el gobierno del Rito de Perfección y fijan la autoridad del Consejo Soberano de los Príncipes del Real Secreto sobre las logias simbólicas y los grados filosóficos. Es, según la historia oficial, el acta de nacimiento de lo que un siglo después se llamará Rito Escocés Antiguo y Aceptado.
El problema es que casi todo en esa historia está en disputa.
Empecemos por el lugar. Hay dos copias del documento en los archivos del Supremo Consejo del Hemisferio Sur. Una dice que las Constituciones se redactaron en el Gran Oriente de París y de Berlín. La otra dice que fue en Burdeos. El historiador Ragon, uno de los más respetados del siglo XIX, dudó de la autenticidad del documento entero y señaló que en Burdeos no había rastro de ningún Consistorio que lo redactara.
Continuemos con el protagonista. La historia popular atribuye la paternidad de las Constituciones al patrocinio de Federico el Grande de Prusia. Pero Federico no asistió a ninguna reunión en Burdeos, ni hay evidencia de que supervisara la redacción de ningún documento masónico ese año. La investigación moderna acepta hoy que el conjunto de veinticinco grados conocido como Rito de Perfección fue compilado principalmente por Étienne Morin, un comerciante francés que en 1761 había recibido una patente del Gran Consistorio de Sublimes Príncipes del Real Secreto de París para establecer el rito en América. Morin es el verdadero arquitecto de lo que vino después.
Y sigamos con las Constituciones de 1786. El documento que completaría las de 1762, elevaría el número de grados a treinta y tres y daría al sistema su forma definitiva lleva la firma de Federico II de Prusia. Pero Albert Pike, Gran Comendador del Supremo Consejo de la Jurisdicción Sur y el hombre que mejor conoció los documentos, reconoció que su autenticidad era defectuosa y que ni el lugar de redacción ni la fecha están claros. Berlín, París, Estocolmo, Jamaica o Charleston son los candidatos que se han propuesto.
¿Por qué importa todo esto? Porque el REAA — el rito en el que trabajan millones de masones en todo el mundo, incluida la mayoría de los Capítulos Rosacruces y Consistorios — tiene sus documentos fundacionales en disputa. Su acta de nacimiento es una materia que los propios historiadores del rito describen con expresiones como "se dice que", "probablemente" y "aunque es incierto".
Eso no hace al REAA menos legítimo. Las instituciones no se justifican únicamente por la autenticidad de sus documentos fundacionales — las Constituciones de Anderson de 1723, el documento fundacional de la masonería especulativa, también tienen inconsistencias históricas documentadas. Lo que importa es lo que las instituciones construyen con el tiempo.
Pero invita a una reflexión que la masonería raramente hace: ¿qué ocurre cuando el origen de una tradición es más nebuloso de lo que la tradición afirma? La honestidad intelectual exige reconocerlo. La búsqueda de la verdad — primer deber del masón — no puede detenerse en la puerta de los propios documentos fundacionales.
Trabajo en el REAA. Conozco el grado 18°, el Capítulo Rosacruz y lo que significa para quien lo ha recibido con honestidad. Y precisamente por eso creo que el rito no necesita documentos de fundación perfectos para ser válido. Lo que lo valida es el trabajo que produce en cada hermano que lo transita con seriedad. Pero esa validez no exige que callemos sobre la historia. Al contrario: la búsqueda de la verdad que el rito proclama comienza por la propia historia del rito.
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