El Gran Oriente suprime al Gran Arquitecto — La fractura que partió en dos la masonería mundial en 1877
Un pastor protestante argumentó que la masonería no debía exigir creer en Dios. Era el año 1877. La Gran Logia Unida de Inglaterra rompió relaciones al día siguiente. La fractura sigue abierta hoy.
París, 13 de septiembre de 1877. El Convento anual del Gran Oriente de Francia debate una pregunta que lleva décadas envenenando la fraternidad: ¿es imprescindible que la masonería trabaje a la gloria del Gran Arquitecto del Universo? ¿No cumpliría mejor su función de centro de unión incorporando a todos los que lo deseen, al margen de su posición metafísica, espiritualista, materialista o agnóstica? Al día siguiente, el 14 de septiembre, la decisión queda formalizada: el Gran Oriente suprime de su constitución la invocación al GADU. Y con esa supresión, parte en dos la masonería mundial.
Para entender la magnitud de lo que ocurrió ese día, hay que retroceder casi treinta años. En 1849, bajo la presión de sectores religiosos y con la intención de acercarse a la Gran Logia de Inglaterra, el Gran Oriente había introducido en su constitución una frase que muchas logias consideraban una traición a la tradición ilustrada francesa: "La Francmasonería tiene como base la existencia de Dios y la inmortalidad del alma." Durante casi tres décadas, las logias más progresistas protestaron. Lo que ocurrió en 1877 no fue una revolución: fue una corrección que tardó demasiado en llegar.
La paradoja más fascinante del episodio es el hombre que lo presidió: Frédéric Desmons, pastor protestante, masón convencido y diputado de la República. Un ministro de Dios fue quien argumentó con mayor energía que la masonería no debía imponer la creencia en Dios. Su razonamiento era impecable desde el punto de vista de la libertad de conciencia: si la masonería aspira a ser un espacio de encuentro entre todos los hombres de buena voluntad, no puede exigir una adhesión metafísica que excluye a quienes no la comparten.
La Gran Logia Unida de Inglaterra reaccionó con rapidez. Declaró al Gran Oriente de Francia irregular y rompió relaciones fraternales. La fractura que ese año se abrió entre la masonería anglosajona —deísta, regular— y la masonería continental —laica, progresista— sigue abierta hoy, ciento cuarenta y siete años después. No es una grieta decorativa. Es la grieta más profunda de la historia masónica moderna.
Los que defendieron la supresión argüían que el Gran Arquitecto del Universo nunca había sido Dios en sentido religioso, sino un símbolo abierto que cada masón podía interpretar según su conciencia. Los que se opusieron respondían que sin ese símbolo la masonería pierde su dimensión trascendente y se convierte en una asociación filosófica cualquiera. Ambas posiciones tenían razón en algo. Y eso es exactamente lo que hace el debate tan difícil de cerrar.
¿Es la masonería una institución deísta o filosóficamente neutral? Ciento cuarenta y siete años de historia no han producido una respuesta. Han producido dos masonerías distintas que conviven en el mismo planeta con frecuencia sin reconocerse mutuamente. En 1913, un grupo de logias francesas que quería restaurar el GAODU fundó la Gran Logia Nacional Francesa — la misma obediencia que ya retratamos en este blog el pasado mes de noviembre.
La GLGE, la obediencia a la que pertenece este blog, trabaja con el Gran Arquitecto. Es una obediencia regular. Conocer este debate no es solo historia masónica: es saber dónde uno está parado y por qué razones concretas ocupa ese lugar.
No voy a fingir neutralidad en este debate porque no la tengo. Trabajo con el Gran Arquitecto. Creo que el símbolo tiene sentido — precisamente porque no exige que todos lo entendamos igual. Pero entiendo el argumento de Desmons. Si el GADU se convierte en una barrera de entrada que excluye a hombres de buena voluntad, algo ha fallado. La pregunta que el Gran Oriente planteó en 1877 no ha caducado. Sigue siendo la pregunta más honesta que la masonería puede hacerse sobre sí misma.
***


Comentarios
Publicar un comentario