Igualdad vs realidad — La masonería dice que todos los hermanos son iguales ante el altar. ¿Es verdad?

 La masonería dice que todos los hermanos son iguales ante el altar. Es una de las afirmaciones más hermosas y más repetidas de la fraternidad. Y merece ser sometida a examen. No para destruirla. Para saber si es verdad.


La igualdad ritual y las jerarquías de grado

Cuando un Aprendiz entra en logia, se le pide que escuche más que hable. Su lugar en la columna del norte tiene una razón simbólica: está en formación, aún no ha completado el trabajo sobre la piedra bruta. El Maestro Masón, en cambio, preside, dirige, juzga las planchas. El Venerable Maestro tiene un mazo. Los Vigilantes tienen otro. El Aprendiz no tiene nada.

¿Es eso igualdad?
La respuesta habitual es que la jerarquía de grados no es una jerarquía de valor humano sino de avance en el trabajo. Un Maestro no es mejor persona que un Aprendiz: ha pasado más tiempo trabajando sobre sí mismo. La distinción es pedagógica, no ontológica.
Es una respuesta razonable. Pero en la práctica, dentro de muchas logias, los grados funcionan como jerarquías reales de influencia y de voz. El Aprendiz que contradice al Maestro en columnas no está quebrando un principio filosófico — está incumpliendo una norma social. Eso también es una jerarquía. Y la distinción entre jerarquía simbólica y jerarquía real se vuelve, en esos casos, muy difícil de sostener.

La igualdad declarada y la segregación histórica

La masonería dice que admite a hombres libres y de buenas costumbres sin distinción de raza, nación o religión. Eso es lo que dicen las constituciones. Lo que dice la historia es más complicado.

Durante casi dos siglos, la masonería anglosajona excluyó a los hombres negros. No porque las constituciones lo permitieran explícitamente, sino porque las Grandes Logias blancas se negaban a reconocer a las logias fundadas por hombres negros. Prince Hall y sus hermanos tuvieron que crear su propia fraternidad porque la fraternidad oficial no los quería. La Gran Logia Unida de Inglaterra no reconoció formalmente a las obediencias Prince Hall hasta 1994. Ciento setenta y cuatro años después de que Prince Hall fuera iniciado.
Y con las mujeres el problema sigue sin resolverse. La mayoría de las obediencias masculinas no reconocen a las logias femeninas ni a las mixtas. La masonería regular sigue siendo, en el siglo XXI, una institución exclusivamente masculina. Lo que dice sobre la igualdad universal convive con una exclusión estructural de la mitad de la humanidad.
No hay manera honesta de mirar eso sin incomodidad.

La igualdad filosófica y el poder real en logia

Dentro de cada logia conviven hermanos de posiciones económicas, sociales y profesionales muy distintas. La promesa de la igualdad es que esas diferencias se suspenden al cruzar el umbral. En teoría, el carpintero y el juez son iguales ante el altar.

En la práctica, el hermano con más recursos puede financiar actividades que el más modesto no puede. El hermano con más capital social puede atraer candidatos que el otro no conoce. El hermano con más tiempo libre puede asistir a más tenidas, acumular más influencia. La igualdad ritual no borra las desigualdades que los hermanos traen de fuera.

Lo que sí hace — y esto importa — es crear una ficción productiva. Un espacio donde, durante el tiempo de la tenida, se actúa como si esas diferencias no existieran. Si esa ficción se sostiene con honestidad, produce algo valioso: el hábito de tratar a los demás como iguales. Un hábito que, con el tiempo, puede convertirse en convicción.

La masonería no resuelve la igualdad. La practica de manera imperfecta, con contradicciones históricas enormes y tensiones internas sin resolver. Pero la pone sobre el altar. Y ponerla sobre el altar, aunque sea de manera imperfecta, es un acto que tiene consecuencias.

La pregunta no es si la masonería cumple su promesa de igualdad. La pregunta más útil es si sigue intentándolo con honestidad.

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