¿Qué hace la masonería del siglo XXI que no puede hacer ninguna otra institución?
Si la beneficencia la hacen mejor las ONG, el debate lo hace mejor el Ateneo y la red la construye mejor LinkedIn, ¿qué le queda a la masonería? La pregunta no es retórica. Es la más honesta que un masón del siglo XXI puede hacerse.
Hagamos el ejercicio con honestidad.
Si lo que buscas es hacer el bien, Médicos Sin Fronteras llega a lugares donde ninguna logia ha estado nunca. Si lo que buscas es debatir ideas, el Ateneo de tu ciudad tiene conferenciantes más preparados y no te pide tres meses de candidatura. Si lo que buscas es construir una red profesional, LinkedIn tiene trescientos millones de usuarios. Si lo que buscas es crecimiento personal, hay coaches certificados, terapeutas, retiros de mindfulness y aplicaciones de meditación. Si lo que buscas es ritual y trascendencia, las iglesias llevan dos mil años perfeccionando la ceremonia.
¿Qué le queda a la masonería?
La pregunta no es retórica. Es la pregunta que muchos hermanos se hacen en privado y que muy pocas logias se atreven a hacerse en columnas. Y merece una respuesta honesta, no apologética.
La masonería combina, en una sola experiencia, cosas que en el mundo moderno están completamente separadas. Ritual y debate. Trabajo sobre uno mismo y responsabilidad hacia otros. Silencio y palabra. Secreto y fraternidad. Esa combinación no existe en ninguna otra institución contemporánea.
No es que el Ateneo no tenga debates intelectuales. Los tiene, y muy buenos. Pero el Ateneo no te pide que salgas de la sala siendo mejor persona. No hay nadie que te pregunte al año siguiente en qué has cambiado. No hay un trabajo sobre la piedra bruta que rinda cuentas a nadie.
No es que las ONG no hagan beneficencia. La hacen mejor, más eficientemente, con más recursos. Pero la ONG no te pide que antes de ayudar a otros trabajes en ti mismo. No existe el equivalente de la cámara de reflexión en una ONG. La masonería dice que eso no es suficiente: que para ayudar bien a otros hay que conocerse primero a uno mismo. Que la beneficencia sin autoconocimiento produce paternalismo.
No es que la terapia no sirva para el crecimiento personal. Sirve, y muchas veces es más eficaz que la logia. Pero la terapia es privada. La logia es pública — en el sentido de que lo que trabajas ante tus hermanos tiene testigos. Hay algo en ese hecho de trabajar con testigos, de exponer una plancha y recibir crítica fraterna, que produce una clase de aprendizaje que no ocurre en el diván del terapeuta.
No es que el ritual religioso no sea poderoso. Lo es. Pero la religión te da las respuestas. La logia te da las preguntas y te dice que el trabajo de encontrar respuestas es tuyo. Esa diferencia no es pequeña.
La masonería del siglo XXI, en demasiadas logias, no hace ninguna de estas cosas. Celebra tenidas que son reuniones administrativas con mandil. Tiene candidatos que reciben los grados sin haber procesado el primero. Tiene hermanos que llevan décadas en logia y no han escrito una plancha, no han cambiado nada en su manera de relacionarse con los demás, no han respondido honestamente ninguna de las preguntas que el ritual plantea.
Cuando eso pasa, la logia no aporta nada que no aporte un club de golf con secreto y mandil.
Lo que la masonería puede hacer que ninguna otra institución hace es esto: ofrecer un sistema articulado de trabajo sobre uno mismo, con testigos, con ritmo anual, con progresión de grados, con la presión productiva de rendir cuentas ante hermanos que te conocen y que también están en el mismo proceso.
Puede. No siempre lo hace. Pero puede. Y cuando lo hace bien, no hay nada comparable.
La pregunta que cada logia debería hacerse no es qué tiene de especial la masonería en abstracto. Es si esa logia concreta está haciendo la única cosa que la justifica. Si no lo está haciendo, puede que el debate más urgente no sea sobre el GADU o la regularidad. Puede que sea sobre si merece seguir existiendo.
***


Comentarios
Publicar un comentario