Narcís Monturiol — El republicano masónico que inventó el submarino para salvar a los pescadores de coral
Concibió el primer submarino tripulado de la historia para proteger a los pescadores de coral que morían en el fondo del mar. Murió arruinado. Sus submarinos fueron vendidos como chatarra. El gobernador prohibió que nadie fuera a su entierro.
Figueres, 28 de septiembre de 1819. Nace Narcís Monturiol i Estarriol, hijo de un botero, en una familia que lo orienta hacia la carrera eclesiástica. Él elige otra cosa: medicina, luego derecho, luego política, luego periodismo, luego el exilio, luego la pintura, luego la ingeniería submarina. En ese orden aproximado. Monturiol era el tipo de hombre que no cabe en ninguna categoría y que por eso mismo resulta imposible de olvidar una vez que lo conoces.
Sus ideas republicanas le costaron multas, procesos judiciales, la cárcel y un año de exilio en Perpiñán. Cuando en 1855 estalló la huelga general de Barcelona, tuvo que huir y refugiarse en Cadaqués. Allí, sobreviviendo como retratista gracias a las enseñanzas de su amigo el pintor Ramón Martí Alsina, descubrió algo que cambió el rumbo de su vida: los recolectores de coral del Cap de Creus trabajaban en condiciones brutales, descendiendo a pulmón a profundidades que mataban a hombres jóvenes. Monturiol decidió que eso tenía que tener solución. Y la solución, pensó, era una nave que pudiera navegar bajo el agua.
En 1857 fundó en Figueres la primera sociedad mercantil dedicada a la explotación de la navegación submarina. Dos años después, el 28 de junio de 1859, botó en el Puerto de Barcelona el Ictíneo I — que en griego antiguo significa pez-barco. El 23 de septiembre de ese año, ante accionistas, prensa y público, el Ictíneo navegó completamente sumergido durante dos horas y veinte minutos a veinte metros de profundidad. El primer submarino tripulado de la historia había funcionado. Y su inventor lo había concebido no para hundir barcos, sino para proteger a pescadores.
En el plano masónico, las fuentes son escasas y hay que decirlo con honestidad. El anuario señala que Monturiol perteneció a logias progresistas de Barcelona, en sintonía con el ambiente republicano y librepensador de la Cataluña de mediados del siglo XIX. No se conserva constancia documental exacta de sus grados ni de las logias específicas. Lo que sí es indudable es que su vida entera — el compromiso con los más vulnerables, el rechazo de toda autoridad injusta, la fe en el progreso como proyecto colectivo — era profundamente masónica en su espíritu, aunque la documentación no permita afirmarlo con la precisión que exige el rigor histórico.
Monturiol murió el 6 de septiembre de 1885, arruinado y prácticamente ignorado, en Sant Martí de Provençals. Cuando su cuerpo fue enterrado en el cementerio de Poblenou, el gobernador civil de Barcelona prohibió cualquier concentración en su homenaje. Su republicanismo seguía siendo peligroso incluso en el velatorio.
Su epitafio, colocado años después, dice simplemente que navegó por el fondo del mar. No dice que lo hizo para salvar vidas. No dice que lo hizo sin dinero, sin Estado y sin reconocimiento. Eso lo dice su vida. Y su frase: "El porvenir no se hereda, se conquista."
Monturiol me parece uno de los personajes más completos que hemos retratado este año. No porque triunfara — no triunfó. Sino porque cada decisión de su vida estuvo guiada por la misma pregunta: ¿cómo puedo poner lo que sé al servicio de quien más lo necesita? Eso es lo que la masonería dice que debe hacer. Y él lo hizo sin mandil documentado, solo con sus ideas y su obstinación. A veces los mejores masones son los que nunca tuvieron carné.


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