Rousseau — El gran filósofo de la Ilustración que nunca se inició, y lo que eso nos dice sobre la fraternidad
Vivió en el mismo París ilustrado que Voltaire y Montesquieu. Fue amigo de Diderot. Pudo haber sido masón. No lo fue. Y eso, para la masonería, es más instructivo que muchas iniciaciones.
Ginebra, 28 de junio de 1712. Nace Jean-Jacques Rousseau, hijo de un relojero y de una madre que muere nueve días después del parto. Esa pérdida temprana, esa soledad fundacional, marcará toda su filosofía: la desconfianza hacia la sociedad organizada, la nostalgia de un estado natural que quizás nunca existió, la convicción de que el ser humano nace libre y es la civilización quien lo encadena. Rousseau no necesitó una logia para llegar a esas conclusiones. Las vivió.
Vivió en el mismo París ilustrado que Voltaire, Montesquieu y los enciclopedistas. Frecuentó los mismos salones. Fue amigo de Diderot, que sí era masón, y colaboró en la Encyclopédie. Pero mientras sus contemporáneos encontraban en las logias y en los salones el espacio de la sociabilidad ilustrada, Rousseau fue retirándose. No le gustaban las reglas de los salones. No le gustaba la artificialidad de las conversaciones. No le gustaba, en el fondo, la idea misma de la sociedad culta como modelo de progreso.
Rompió con Diderot. Rompió con Voltaire. Rompió con casi todos. Y en esa soledad elegida construyó las dos obras que más influyeron en el mundo político de los dos siglos siguientes: El contrato social y El Emilio, ambos de 1762. El contrato social postulaba que la legitimidad del poder reside en la voluntad general del pueblo, no en la voluntad del monarca. El Emilio proponía una educación basada en la naturaleza del niño, no en los dogmas de la Iglesia ni en las convenciones sociales. Ambos libros fueron quemados en París y en Ginebra. Rousseau huyó y vivió el resto de su vida entre el exilio y la persecución.
Nunca se hizo masón. Y eso merece una reflexión que la masonería raramente hace sobre sí misma.
Las logias del siglo XVIII eran espacios de igualdad dentro de la desigualdad: un barón y un comerciante podían sentarse al mismo nivel y debatir ideas. Eso era extraordinario para su época. Pero seguían siendo espacios de sociabilidad organizada, con jerarquías, con rituales, con obligaciones de membresía. Rousseau desconfiaba exactamente de ese tipo de estructuras. Para él, la fraternidad no podía ser institucional. Tenía que ser espontánea o no era fraternidad.
Las ideas de Rousseau, sin embargo, calaron profundamente en muchos masones. La soberanía popular. La voluntad general. La educación como emancipación. El rechazo de la tiranía disfrazada de tradición. Todo eso circuló por las logias de Francia en los años previos a la Revolución. Robespierre, que era masón, fue el lector más fiel —y más peligroso— de Rousseau. La voluntad general, en sus manos, se convirtió en guillotina.
Rousseau murió el 2 de julio de 1778, en Ermenonville, solo y perseguido, dos meses después de que Voltaire muriera en París aclamado por la multitud. Los dos hombres que más influyeron en la Francia ilustrada murieron el mismo año. Uno dentro del sistema. El otro fuera de él.
Lo que Rousseau nos dice sobre la masonería es incómodo pero necesario: que las grandes ideas no necesitan institución para sobrevivir. Y que a veces la institución, por bien intencionada que sea, domestica lo que debería seguir siendo salvaje.
Rousseau es el espejo incómodo que la masonería nunca se ha atrevido del todo a mirar. Un hombre que compartió todos sus valores —la igualdad, la fraternidad, la búsqueda de la verdad— y que sin embargo eligió no entrar. No porque rechazara la fraternidad, sino porque desconfiaba de sus formas. Esa desconfianza merece ser tomada en serio. Las instituciones que no se preguntan por qué algunos de los mejores no quisieron unirse no aprenden nada útil de su propia historia.
***


Comentarios
Publicar un comentario